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ADIDAS ORIGINALS x WILLY CHAVARRIA EN BROKEN CHAINS
Más que un lanzamiento, la llegada de adidas Originals junto a Willy Chavarria a Broken Chains Bogotá partía de una intención concreta: activar la comunidad desde un espacio compartido. No se trataba únicamente de presentar una colección, sino de generar un entorno donde esa propuesta pudiera ser entendida desde la experiencia, no desde la explicación.
Ese enfoque responde directamente al lenguaje de la colaboración, donde lo urbano no se construye únicamente desde la estética, sino desde las dinámicas reales que ocurren en los espacios: encuentros, recorridos, interacciones y formas de habitar.
EL ESPACIO COMO PUNTO DE PARTIDA
Desde las 4 de la tarde, el espacio comenzó a transformarse de manera progresiva. No hubo un inicio marcado, sino una transición natural en la que las personas llegaban, recorrían y empezaban a habitar el lugar sin necesidad de instrucciones.
Dentro de esa dinámica, la colección se consolidaba como un punto central de exploración. No como un elemento estático, sino como un espacio activo donde las personas podían acercarse, observar y entender cada pieza desde la cercanía. El contacto con los materiales, las proporciones y los detalles permitía una lectura más consciente, haciendo que el producto no solo se viera, sino que se experimentara.
El recorrido no era lineal. Se volvía, se repetía, cambiaba constantemente. La colección no interrumpía el flujo: lo acompañaba y lo estructuraba.
UN ESPACIO QUE SE TRANSFORMA
La música aportaba una capa esencial dentro de esa construcción. El DJ set en vivo no solo acompañaba, contribuía a la transformación del espacio, modulando la atmósfera y conectando los distintos momentos sin necesidad de pausas.
En ese contexto, la música no desplazaba la atención, sino que reforzaba la forma en que el espacio era habitado. Permitía que los recorridos, las conversaciones y la exploración de la colección se desarrollaran con mayor fluidez, manteniendo una energía constante durante toda la tarde y conectando el lenguaje de la marca con la identidad cultural del entorno.
IMAGEN COMO PARTE DE LA EXPERIENCIA
Dentro de ese flujo, la alfombra y el backing principal funcionaron como un punto de convergencia visual. La imagen no aparecía como un resultado aislado, sino como una extensión directa de la experiencia. La estética del espacio —definida por una iluminación roja envolvente, texturas más crudas en contraste con superficies pulidas y la presencia constante de rosas— construía un entorno que se sentía íntimo pero de alto impacto.Las rosas, integradas tanto en el backing como en el espacio donde se exhibía la colección, no funcionaban como un elemento decorativo, sino como un código visual central que conectaba la narrativa de la activación con la identidad de la propuesta. Enmarcaban el producto, pero también a las personas, generando una continuidad entre moda, entorno y comunidad.
En ese contexto, cada imagen adquiría otra dimensión. Las personas no solo se tomaban fotos, se integraban a una composición donde el producto estaba estilizado con intención, manteniéndose como protagonista dentro de un escenario que amplificaba su presencia. La imagen dejaba de ser documentación y pasaba a ser parte activa de la experiencia.
LO CERCANO COMO LENGUAJE
Uno de los elementos más relevantes fue la incorporación de comida local como parte central del evento. Los tacos —quesabirria y al pastor— no respondían a una decisión estética, sino a una intención clara: conectar desde lo cotidiano y desde la cultura.Este tipo de decisiones refuerzan el carácter del espacio. Comer, compartir y permanecer se convierten en acciones que extienden la experiencia y la vuelven más cercana. La barra, desarrollada junto a Elements, complementaba esta dinámica con tres cócteles diseñados para la ocasión, integrándose de forma natural al ritmo del evento.
No eran añadidos. Eran parte de un mismo lenguaje que conectaba autenticidad con sofisticación.
EL CIERRE
Al final, no hubo un momento que marcara el cierre, sino una continuidad natural del espacio. Lo que ocurrió no fue una secuencia de actividades, sino un encuentro sostenido en el tiempo, donde cada persona encontró su propia forma de habitarlo.
Eso es lo que realmente permanece: no solo la presentación de una colección, sino el contexto que permitió que existiera de forma real. Una colección que, más allá de su exhibición, se entendió desde la cercanía, el recorrido y la interacción directa, encontrando su lugar dentro de la comunidad que la activó.
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